*MORELIA DE RODILLAS: EL COSTO DE LA OMISIÓN Y EL DERECHO AL DESMADRE
*DE LA DEMOCRACIA A LA “EMOCRACIA”: EL CIRCO DEL MORONISMO Y LA DESBANDADA.
*DE MEMORIA CORTA Y SEMÁNTICA TARDÍA: RÉPLICA A JESÚS REYNA
Columna Política “Bajo la Lupa”, Por Armando Saavedra (19-X-2026).- ¡Vaya cinismo con el que se gobierna y se tolera en este rincón de la patria! Mire usted, estimado lector, en Morelia la historia se repite con una puntualidad que ya raya en la complicidad institucional más descarada: un día son los supuestos estudiantes —cobijados en la franquicia de la inconformidad eterna y con el rostro embozado— y al siguiente son los membretes que se autodenominan representantes de «pueblos originarios» o «comunidades indígenas».
Ambos grupos han aprendido la misma lección perversa: que la capital michoacana es tierra de nadie y su hacienda particular. Secuestran vialidades, destrozan cantera, queman unidades, revientan comercios y paralizan la vida productiva de cientos de miles de ciudadanos que, a diferencia de ellos, sí viven de lo que producen con el sudor de su frente.
Desde la óptica de la fenomenología social, el asunto es de manual de descomposición política: la mutación perversa de la protesta legítima en vulgar delincuencia organizada al amparo del chantaje identitario o estudiantil. Porque hay que decirlo con todas sus letras: una cosa es el reclamo histórico a la inclusión social, el reconocimiento de derechos y la manifestación pacífica que garantiza nuestra Carta Magna, y otra muy distinta el derecho de pernada vandálico que estos grupos ejercen amparados en el discurso victimista.
¡Nadie, absolutamente nadie, puede colocarse por encima del marco constitucional ni justificar la destrucción escudándose en una bandera de lucha! ¿Y la autoridad? ¡Bien, gracias! Tiemblan en sus despachos del Palacio de Gobierno y del Palacio Municipal. Tienen pavor al costo político, pavor al grito prefabricado de «¡represión!» que orquestan los titiriteros detrás de la cortina, mientras la policía asiste al espectáculo como convidada de piedra, atada de manos para no incomodar a los “rebeldes”.
La ciudadanía moreliana está harta, agraviada y hasta la coronilla de ser el rehén perpetuo en este teatro del absurdo. Quienes pierden horas de su jornada laboral, quienes ven caer las cortinas de sus comercios y quienes terminan limpiando los escombros de su patrimonio no son los gobernantes ni los caciques de estas corporaciones radicales; la factura la paga el moreliano de a pie. Si el Estado no tiene los arrestos para aplicar el uso legítimo de la fuerza pública —ese que en cualquier república civilizada existe para proteger a la mayoría indefensa—, entonces que se atenga a las consecuencias jurídicas y económicas de su cobardía.
Aquí es donde entra la mezquindad y la pereza de nuestro H. Congreso del Estado. Los señores diputados, tan prestos para el aplauso fácil, las efemérides huecas y las fotos de pasarela, han sido incapaces de entrarle al toro por los cuernos:
Uso legítimo y proporcional de la fuerza sin distingos: Legislar de una vez por todas, con meridiana claridad técnica y sin complejos ideológicos, los protocolos bajo los cuales los cuerpos policiacos deben actuar para someter el desorden y restituir el Estado de derecho, blindando el actuar de los agentes frente a la calumnia política, trátese de pseudoestudiantes o de grupos que instrumentalizan la causa indígena para violentar la ley.
Responsabilidad patrimonial del Estado por omisión: Si los gobernantes prefieren el repliegue táctico por cálculo electoral y dejan a la sociedad a merced de la barbarie, que sea el erario —el dinero del gobierno omiso— el que indemnice hasta el último centavo de los daños materiales sufridos por los ciudadanos y comerciantes afectados. Cuando al gobernante en turno le cueste presupuesto directo su permisividad institucional, verá usted qué rápido se le quita la tentación de solapar el caos.
Morelia no puede continuar secuestrada por la tiranía del embozo ni por la parálisis de quienes juraron hacer cumplir la ley. La inclusión y la justicia social jamás pueden construirse sobre las ruinas de los derechos de terceros. La paciencia social tiene un límite, y ese límite, señores gobernantes, ya se rebasó hace bastante tiempo.
DE LA DEMOCRACIA A LA “EMOCRACIA”: EL CIRCO DEL MORONISMO Y LA DESBANDADA
¡Vaya espectáculo de opereta barata el que estamos atestiguando en la aldea política michoacana! Mire usted, estimado lector, en la teoría política clásica aprendimos que la democracia es el gobierno del pueblo, fundado en la voluntad popular libre, reflexiva y consciente. Empero, en este país de estampitas, espejitos y dádivas con tufo electoral, la democracia fue desplazada por una mutación perversa y sociológicamente venenosa: la “emocracia”.
¿Qué diablos es la emocracia? Es la perversión del poder público conquistado y ejercido no por la capacidad técnica ni por los resultados tangibles de gobierno, sino por la manipulación vil de los sentimientos, los rencores y las emociones primarias de la masa. En el plano federal, el oficialismo convirtió a los programas asistenciales en el altar de la fe pública: inoculan la creencia de un régimen “bueno, puro y sabio” que “pone primero a los pobres”, cuando la cruda realidad exhibe que son pésimos administradores públicos, la opacidad es la norma y la corrupción se desborda en cada rincón burocrático. En la emocracia no importan las cuentas claras, sino qué tan hábil eres para erigirte en el redentor de los agraviados.
Y en Michoacán, caray, quien compró el manual completito de la emocracia aplicada es nada más y nada menos que el senador con licencia RAÚL MORÓN OROZCO. Ante la derrota inapelable en la puja interna de la 4T, el de Chucándiro no recurrió a la autocrítica ni a la madurez política; recurrió al melodrama. Armó su carpa de victimización con libreto de lágrima fácil, acusando al gobierno del estado y al hoy Coordinador Estatal de los Comités de Defensa de la 4T, CARLOS TORRES PIÑA, de haberle instrumentado una supuesta «guerra sucia y campaña negra» que torció la voluntad del respetable.
Para engordar el caldo de su despecho, MORÓN y sus corifeos se dedicaron a retorcer declaraciones de la dirigencia nacional morenista y a soltar sondeos cuchareados al vapor en la última quincena. ¿El mensaje? El chantaje lacrimógeno de siempre: insinuar que con TORRES PIÑA al frente la elección constitucional está en riesgo inminente, pero que si el ungido hubiera sido él, el paraíso terrenal estaría garantizado. ¡Qué soberbia y qué teatro tan burdo! Querer trocar el berrinche en martirologio laico para ver si, apelando al sentimentalismo en la mesa de negociaciones, le avientan un hueso de consolación.
Pero el castillo de naipes se le acaba de derrumbar estrepitosamente sobre la cabeza. La realidad no atiende a chantajes ni la política de cañerías perdona a los solitarios. Ayer mismo, en una conferencia de prensa que sonó a réquiem anticipado para la cruzada moronista, MANUEL LÓPEZ MELÉNDEZ —alcalde con licencia de Panindícuaro y líder de Unidos por Michoacán—, arropado por la plana mayor de quienes hasta hace días eran los pilares de su proyecto, dio el portazo: ocho de los once grupos políticos internos que sostenían a MORÓN rompieron filas y cerraron filas con CARLOS TORRES PIÑA.
Ahí desfilaron sin pudor los operadores que ayer le juraban lealtad ciega: el MAIZ de MARTÍN GARCÍA AVILÉS; la Alianza de JUAN PABLO PUEBLA; la gente de SANDRA GARIBAY; el bloque de consejeros alineados a la secretaria general del partido, JANET MÁRQUEZ; las huestes de VÍCTOR ZURITA; y figuras con credencial legislativa como XÓCHITL RUIZ y la federal MARCELA VELÁZQUEZ. Aunque adornaron el mensaje con el consabido «respeto a RAÚL», el fondo fue un balde de agua helada: el movimiento está por encima de los caprichos personales. Recordaron, con fría cortesía, que las encuestas han sido el método por tres lustros, que firmaron un pacto de caballeros y que al ganador se le respeta.
La desbandada es brutal y el desprendimiento no tiene precedente. Aquella “cruzada” que MORÓN anunció el pasado domingo terminó desinflándose en menos de una semana, exhibiendo que la emocracia y la victimización tienen un límite práctico: el pragmatismo feroz del poder. Los cuadros morenistas entendieron que quedarse a llorar con el líder vencido equivalía a suicidarse políticamente fuera del presupuesto.
Vaya circo mediático y patético el que montó don RAÚL. Ahora la pregunta del millón es: ¿de verdad cree el exlíder magisterial que desde la oficina presidencial o en el CEN de Morena le van a comprar sus patrañas y sus lágrimas de utilería? En la política real, a los llorones no se les premia: se les aísla. Y a MORÓN, sus propios aliados ya le apagaron las luces del proscenio.
DE MEMORIA CORTA Y SEMÁNTICA TARDÍA: RÉPLICA A JESÚS REYNA
En atención a la misiva que amablemente me hace llegar el licenciado JESÚS REYNA GARCÍA respecto a nuestra entrega del pasado 14 de octubre, abro este espacio para hacer las precisiones de rigor, con el respeto que merecen su trayectoria y los lectores de este espacio.
Sostiene el exgobernador interino que se le sacó de contexto. Argumenta que jamás pronunció la palabra crisis ni usó el verbo asfixiar. Concedido en lo literal: la hermenéutica periodística traduce en crisis lo que en el léxico político se disfraza cautamente como un «problema muy lamentable». Si la máxima casa de estudios de Michoacán padece algo calificado por un actor de su calibre como «muy lamentable», flaco favor le hace la tibieza lingüística si no es para advertir una crisis.
Lo que sí resulta francamente desconcertante es el tropiezo de su memoria. En su carta de aclaración me reprocha enfático: «Nunca dije que es desde hace cuatro años». Bastaría con que el propio DON JESÚS revise su cuenta pública de Facebook —donde el pasado 11 de octubre a las 11:09 horas escribió de su puño y letra: «No es un problema de ahora, es algo que inició hace cuatro años y esta es consecuencia de aquello»—. Desconocer su propio texto apenas unos días después de teclearlo retrata con nitidez de qué lado está la confusión en los tiempos.
Queda pues asentada su puntualización: JESÚS REYNA prefiere no llamar crisis a lo «lamentable», aunque en el calendario de sus señalamientos los cuatro años lleven su propia firma. Aquí caben todas las voces, incluso las que tropiezan al intentar desdecirse de lo que publican





