Periodismo de los ayeres: Los asedios de Martínez Villicaña (segunda parte). (Columna Política “Polémica”)

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Columna Política “Polémica”, Por Arturo Hernández Tovar (01-VI-2026).- Fue el 7 de junio de 1987, durante la comida del Día de la Libertad de Prensa que su gobierno organizó, cuando la rispidez de relaciones se hizo abiertamente pública al referirse el gobernador Luis Martínez Villicaña únicamente al discurso que a nombre de la naciente Asociación de Periodistas Manuel Buendía pronunció nuestro compañero Manuel Roque Madriz, corresponsal de UNOMASUNO.

Expusimos que se nos habían cerrado las puertas del gobierno y por ello no podíamos dar su información en los medios para los que trabajábamos. Que se nos tildaba de democratizadores, pero nuestro propósito era el de ser imparciales; y no teníamos que escoger entre melón y sandía ante el evidente enfrentamiento entre su gobierno y el saliente.Polémica 3era época | Arturo Hernández Tovar

Con el rostro enrojecido negó que hubiese tales puertas cerradas, y que en todo caso se resolvería lo necesario.

Nos convocó a que saliendo de ese evento acudiéramos a su despacho de Palacio de Gobierno. Los corresponsales Teresa Gurza, de La Jornada; Manuel Roque Madriz, de UNOMASUNO; Ignacio Roque Madriz, de El Universal; y yo, de Excélsior acudimos a la cita.

Empezó por referirnos que él había conocido muy bien a Manuel Buendía y se consideraba su amigo. Se entendía que la alusión era por el nombre de nuestra asociación, pero también podría ser una velada insinuación, dadas las hipótesis que se hacían respecto de la autoría del asesinato del autor de la columna Red Privada y el libro La CIA en México.

Aludía en sus intervenciones de manera reiterada y acosando a Teresa Gurza, quien venía de ser premio nacional de periodismo. Le arrebataba la palabra, con todo y su formación, actitud y temperamento.

Interferí elevando el tono de voz para buscar centrarnos en el asunto de la reunión y pedir que lo hiciéramos con respeto.

Reiteramos lo expuesto en el discurso, quedando en que habría facilidades para ejercer el periodismo y que no se nos limitaría a boletines la información del gobierno.

Cuando salíamos del despacho del gobernador, Teresa Gurza, preocupada me dijo:

– ¡Para qué le hablaste así! ¡Este sí podría mandar matar! –

El asedio se dejó sentir:

En La Voz de Michoacán se me congeló, al grado de darme ordenes de trabajo cuya información no se publicaba. Opté por no escribir y sólo presentarme para que me vieran, hasta que un directivo preguntó que, si yo ya no trabajaba allí, ¿o qué?

Como yo sabía que él había sido el acomedido para que me quitaran de corresponsal de Excélsior, se ganó como respuesta un empujón, pues lo vi de mi tamaño.

Despavorido avisó al director, quien de inmediato me llamó para preguntar qué pasaba.

Le expuse mi percepción de que no hallaban qué hacer conmigo y presenté como opción una lista de temas para hacer reportajes por diversos rumbos del estado, para lo cual sólo necesitaba una cámara, automóvil o viáticos. Estuvo de acuerdo y así realicé toda una serie de trabajos que se publicaban en páginas centrales, a veces hasta en serie de 3 partes.

Me ocupé de problemas de los cañeros, del ejemplo que eran los indígenas de San Juan Nuevo con el manejo de sus recursos forestales, al igual que los dueños de bosques en la región sur occidental antes concesionada a la Michoacana de Occidente; de ejidatarios que desarrollaban proyectos porcícolas, florícolas y; muchos asuntos más.

También, dándole seguimiento al plan de desarrollo regional que presumía Martínez Villicaña, mostré carreteras hechas pedazos apenas recién inauguradas; unos cuantos postes en comunidades donde la luz eléctrica dada por entregada era más bien “luz de luna”, como titulé a uno de mis reportajes.

Otros proyectos más se documentaron como fallidos, como aquel de siembra de pastizales en Tierra Caliente arrojando semilla desde una avioneta; o el bombardeo de nubes a costos millonarios para provocar lluvias que no ocurrieron.

Se me invitó a viajar en helicóptero para “conocer el éxito” del programa de pastizales.

Con temor a una falla mecánica acepté y, cuando comíamos con los ganaderos, comenté que seguramente estaban muy contentos por el desarrollo que tenía el pasto sembrado que acabábamos de ver.

– ¡No, ese que vieron, nosotros lo sembramos hace mucho! ¡De la semilla que vinieron a tirar nada nació! -​

Encuentro de madrugada en Palacio

En el ínter me convocó a reunirnos en su despacho a las 9 de la noche. Llegué puntual y él salió a pedir que le esperara. Así transcurrieron casi 3 horas en las que 2 veces más pidió aplazar la espera.

Platicamos hasta las 2 de la mañana.

Me habló de su percepción de que yo escribía como lo hacía por ser cercano al Ing. Cárdenas y haberme tomado los asuntos como algo personal. Insistió en que “ellos allá arriba se van a poner de acuerdo; y usted aquí va a perder amigos”

A mi vez subrayé mi convicción de que el Movimiento del Ing. Cárdenas no era por cargos y podría ir muy lejos. Por lo que más bien ellos tendrían que analizarlo mejor.​

Con claridad se refirió a las posibilidades que yo podría tener de abrir, por ejemplo, una estación de radio o algo. Que él tenía amigos que podrían ayudar.

Le agradecí su disposición y decliné la oferta.

Dejó que lo pensara y sólo me pidió que “no le pegara tanto y sobre todo donde más duele”, pues creía en que era “muy certero”.

– Tengamos cuidado – fue mi despedida con su recordatorio de que le llamara para volvernos a reunir.

Nuestro encuentro final fue en un evento de la Unión Regional Ganadera y la Escuela de Veterinaria para iniciar un programa de apoyo al sector productor de leche.

Cuando a su salida caminaba entre una valla formada por jóvenes vestidos de blanco, la rompió y se dirigió a saludarme para recordar que seguía esperándome.

Su trato hacia mí siempre fue como “señor Hernández”.

Ya no hubo oportunidad, porque como resultado del abierto combate que hizo del Movimiento por la Democratización liderado por el Ing. Cárdenas, pretendiendo constreñirlo a Michoacán, renunció luego de intensas y grandes movilizaciones.

En el lapso de su gestión cayeron varios de los muchos seguidores del Movimiento por la Democracia.

En uno de esos días me llamó Francisco Xavier Ovando -a quien balearon su casa- para preguntarme si no había notado cosas raras en mi entorno y, recomendarme que fuera muy cuidadoso

Intrigado le pregunté el porqué.

Simplemente sacó una lista de su escritorio en la que puede ver mi nombre.

Nada grave pasó y podemos ahora contarlo. Sólo el robo de unas cámaras y grabadora, de mi coche que, tiempo después mientras estaba estacionado en la noche cerca de la Casa de Morelos, donde Cristóbal Arias tenía sus oficinas, fue chocado hasta en 3 colisiones.

La corresponsalía de Excelsior

En el ejercicio de la corresponsalía de Excélsior el asedio fue hasta confeso.

Mientras platicaba con el entonces oficial mayor de gobierno, Lic. Raúl Pineda en su despacho de Palacio, llegó un enviado a darle el mensaje oral de que “Arturo Hernández ya no es corresponsal”.

Un tanto sonrojado y con aparente extrañeza le preguntó:

– ¿Si sabes quién es él? –

– Pues él es Arturo… –

Al salir de su oficina fui a la de Comunicación Social donde su titular, tan pronto me vio también me dio la noticia.

– Sí. Es bueno saber que ustedes me lo informan y no Excélsior –

Viajé de inmediato para entrevistarme con Regino Díaz Redondo, entonces director del diario, con quien después de conversar sobre cómo se encontraba Michoacán, me ratificó la corresponsalía; pero dejando al que había propuesto el gobierno.

Voluntariamente dejé de ejercerla cuando me incorporé como director de Comunicación Social del primer gobierno democrático municipal de Morelia, presidido por Samuel Maldonado; pues estimé que eso era lo congruente y profesionalmente pertinente.

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