El acuerdo sobre el diésel de Trump y Putin sacude la geopolítica: “La UE queda en una posición muy endeble”

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16 de octubre del 2026.- El acuerdo sobre el diésel alcanzado entre Donald Trump y Vladimir Putin que contempla el levantamiento temporal de sanciones de Estados Unidos a Rusia a cambio del suministro de combustible ruso para frenar la escalada global de precios, ha sacudido los cimientos geopolíticos del mundo en general y ha abierto una importante brecha en la unidad transatlántica. El pacto marca un punto de inflexión en la relación entre la Casa Blanca y la Unión Europea.

Hasta la firma de este acuerdo, Washington y Bruselas habían mantenido una postura unificada de sanciones severas y aislamiento económico contra el Kremlin por la guerra de Ucrania; sin embargo, esta decisión, tomada de forma unilateral por el presidente norteamericano, ha sido entendida como una “traición” por parte de los ministros de Asuntos Exteriores de la UE, que han recibido la noticia con profunda indignación. Consideran que el pacto socava directamente la cohesión euroatlántica en un momento en que Rusia recrudece sus ofensivas en suelo ucraniano.

La Unión Europea se siente traicionada
La reacción general de los líderes europeos ha sido de profundo rechazo y preocupación, pero también de cautela diplomática. Los representantes europeos han evitado confrontar directamente a Trump y han optado por blindar su propia estrategia de presión económica contra Moscú. De hecho, el último paquete de sanciones contra Rusia ha sido aprobado esta misma semana. Además, los Veintisiente ya preparan otro paquete de represalias económicas a Rusia, el número 22.

Para José Manuel Corrales, doctor en Economía y experto en Unión Europea, es fundamental que en el club comunitario “se hable con una sola voz”. Argumenta en una entrevista con RTVE Noticias que “Bruselas no debería dar un paso atrás, ni con Rusia ni con Estados Unidos”: “Debe mantener las sanciones y endurecerlas. Retroceder ahora destruiría credibilidad de la UE”. El experto, profesor en la Universidad Europea, considera que lo mejor sería “exigir coherencia, no represalias comerciales y pedir que Washington aplique la ley de sanciones a Rusia que Trump firmó el mes pasado”.

Miguel Ángel Temprano, experto en geoeconomía, va más allá y considera que “Bruselas debería pedir a Washington que le consultara antes de cambiar su política hacia Rusia”. Otra cosa, explica a RTVE Noticias “es que la Casa Blanca ni siquiera escuche la petición”. También cree que “Bruselas debería mantener sus restricciones a Moscú, vigilar que el diésel ruso no entre indirectamente en territorio europeo y seguir defendiendo a Ucrania”.

El laberinto energético europeo: el petróleo ruso “se puede colar”
Europa se enfrenta a una compleja encrucijada energética a las puertas del invierno. Con el gas y el petróleo especialmente caros por el shock energético derivado de la guerra en Oriente Medio, el Viejo Continente arrastra el severo coste de haber cortado amarras con los gasoductos rusos y haber vetado el crudo de Putin. En este vacío, la UE se ve obligada a comprar un gas mucho más costoso a Estados Unidos, bajo la constante presión de un Donald Trump que amenaza con aranceles comerciales si el Viejo Continente no prioriza sus suministros energéticos.

Ahora, tras el pacto de Trump y Putin, el escenario es un tanto contradictorio: mientras Estados Unidos ha presionado históricamente a Europa para que prescinda de la energía rusa barata y compre gas natural licuado (GNL) estadounidense a precios más altos, ahora es Washington quien pacta directamente con Putin para obtener combustible asequible y, a su vez, venderlo.

Llegados a este punto, Miguel Ángel Temprano lanza una advertencia: este nuevo escenario puede “colar” petróleo ruso en Europa, así que, considera, “habría que estar atentos”: “La licencia de Estados Unidos permite ciertas operaciones con diésel ruso hasta abril de 2027, pero no modifica por sí sola las normas europeas. Bruselas mantiene la prohibición de importar determinados productos petrolíferos rusos y las restricciones a su transporte y a los servicios asociados, aunque la diferencia entre las reglas de ambos bloques pueda abrir vías de elusión que la UE tendrá que vigilar”.

“Desde el momento en que Bruselas prohibió comprar energías, tanto petróleo como gas a Rusia, Estados Unidos se convirtió en el principal proveedor energético de Europa. Esto supone, además de enormes beneficios económicos, tener una posición estratégica de control y dominancia sobre sus aliados, ahora convertidos en algo más parecido a siervos”, asevera Eduardo Irastorza, experto en geopolítica y profesor en OBS Business School. Considera que “sería mucho más fácil para el bloque comunitario decir mira, se acabó, somos el tercero en discordia, vamos a aprovecharnos, vamos a ser el poder bisagra entre entre Washington y sus rivales, Moscú y Pekín, y vamos a sacar partido de esto. Pero para que eso ocurriera, tendríamos que ponernos de acuerdo y eso no va a pasar nunca en Europa”. Así que, concluye en una entrevista con RTVE que “esta situación deja a la UE en una posición muy endeble”.

El objetivo de Trump: que baje el precio de los combustibles en Estados Unidos
Y con ese “trono” de control energético garantizado en base a amenazas arancelarias, los expertos coinciden en señalar que uno de los principales motivos que persigue Trump con su pacto con Putin es el rédito electoral a las puertas de las elecciones de medio mandato.

En un contexto marcado por unos combustibles que están en récord y que están afectando de lleno al bolsillo del ciudadano norteamericano, a Trump le interesa escenificar un pacto directo con Rusia con el que intenta proyectar ante las clases trabajadoras y el sector agrícola que está tomando medidas drásticas y pragmáticas para aliviar sus bolsillos antes de acudir a las urnas.

Aunque el “objetivo electoral es visible” según expertos como Miguel Ángel Temprano, el efecto no será muy impactante en las economías domésticas norteamericanas: “Trump ha presentado el acuerdo como una forma de contener el coste del combustible antes de las legislativas del 3 de noviembre, porque los precios altos perjudican a su partido. No podemos obviar que las encuestas ya manifiestan la perdida del Senado. El Congreso está perdido hace mucho tiempo”, explica. Sin embargo, “las cantidades anunciadas en el acuerdo con Rusia son pequeñas frente al mercado mundial de diésel y la mayor parte del encarecimiento energético se atribuye a la guerra con Irán, así que el efecto inmediato en el surtidor estadounidense puede ser modesto”.

De hecho, proyecciones de firmas como Goldman Sachs señalan que la inyección del combustible ruso en el mercado norteamericano solo reduciría el precio mayorista del barril de diésel (que contiene 159 litros) entre 1 y 2 dólares. Todo en un contexto en el que el gasóleo alcanzó el pasado 21 de septiembre de 2026 su máximo histórico de 6,529 dólares por galón (3,7 litros), un 66% más que hace un año.

Las “segundas intenciones” de Trump: aislar a China
Aunque el principal interés de Trump sea microeconómico —que el diésel baje de precio en el surtidor—, el objetivo macroeconómico y, sobre todo, geopolítico que puede haber detrás de este pacto según algunos expertos, no puede quedarse sin analizar.

Al reactivar los canales comerciales con Rusia, Trump busca golpear a China a través de varios frentes. El primero es el propiamente energético. Y es que el gigante asiático ha aprovechado el aislamiento internacional de Rusia para comprarle petróleo con enormes descuentos. Si Trump abre el mercado estadounidense al combustible ruso, Putin ya no dependerá en exclusiva de Pekín. A su vez, esto permitirá, entiende Trump, debilitar el yuan que los rusos usaban para sus transacciones internacionales y romper lo que parecía una alianza geopolítica inquebrantable entre Putin y Xi Jinping.

“Trump necesita a Rusia para pararle los pies a China” explica Eduardo Irastorza. “Quiere convertir a Putin en su aliado” porque, añade, “para el líder norteamericano está clarísimo que la alternativa a su hegemonía mundial es China, no Rusia”. Además, considera que “Trump y Putin se han sabido entender en muchas circunstancias. Son dos biotipos muy parecidos, tremendamente patrióticos, tremendamente orientados a un poder ejercido sin demasiadas consultas a su opinión pública y con una visión de sus decisiones que está por encima de cualquier tipo de acuerdo internacional anteriormente suscrito”.

A las puertas de un nuevo orden energético que se disputan China y Estados Unidos, el acuerdo entre Trump y Putin evidencia que, en la geopolítica actual, el interés personalista cotiza al alza, incluso a riesgo de fracturar el histórico frente occidental.

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