CDMX, 29 de octubre del 2026.- La vida de Cuauhtémoc Cárdenas se extinguió. Surgido de las entrañas del sistema, se convirtió en figura legendaria de la izquierda cuya trayectoria sacudió el sistema político: encabezó la gran fractura del régimen que representó el principio del fin del partido hegemónico; su lucha precipitó el resquebrajamiento del sistema, desafiando al régimen en los tiempos más duros del neoliberalismo. Su congruencia, convicción democrática y perseverancia explican que el proyectó que fundó ahora le confiera rumbo a la nación con fuerte acento social.
Hijo del presidente más reconocido del siglo XX, Lázaro Cárdenas, su vida estuvo ligada a la política desde su infancia, que transcurrió en parte en la residencia oficial de Los Pinos.
Heredero de los principios de justicia que caracterizaron al general, Cuauhtémoc admiró la vida de su padre, reconociéndolo como la gran figura de la Revolución Mexicana.
“Empezar a leer sus apuntes, adentrarme en sus escritos, hacer de ellos mi lectura principal fue una experiencia extraordinaria y maravillosa”, narra el ingeniero en su autobiografía Sobre mis pasos. “A través de sus escritos encontré la firmeza de sus ideas y convicciones, las explicaciones de por qué se habían dado acercamientos y distanciamientos o rupturas. Lo encontré tal cual él era, como lo conocía, reafirmando ante mí sus cualidades y valores, su humanismo y grandeza”.
La congruencia del general permeó en los principios de su hijo, cuyo abolengo hacía inevitable su pasión por la política desde la visión del cardenismo: conferir sentido social al quehacer político.
La más profunda crisis económica que haya tenido al país, la de la década de los 80, agudizada por el sismo de 1985, fue la coyuntura que catapultó a Cárdenas. En 1986 se estaba incubando en el seno del PRI una incipiente inconformidad por las condiciones económicas y sociales en México que tendría en Cárdenas, con el enorme peso de su apellido, y Porfirio Muñoz Ledo, con su vehemencia discursiva, a los principales actores.
“Cuando tuve posibilidad de participar políticamente, el nombre contaba. Estaba muy consciente de ello. Tenía que cuidar ese aspecto, no haciendo tonterías o haciendo las menos posibles”, confiaba a La Jornada en entrevista con Luis Hernández Navarro, en la cual reconoció la relevancia de haber participado, en los inicios de su carrera, en el Movimiento de Liberación Nacional a principios de los 60, una de las opciones de izquierda en aquellos años.
Coincidentes en su visión del acelerado deterioro de las condiciones de vida del pueblo mexicano, encabezaron la formación de la Corriente Democrática en mayo de 1986. Se les unieron personalidades como Ifigenia Martínez, Rodolfo González Guevara, Leonel Durán, Armando Labra, Gonzalo Martínez Corbalá y Carlos Tello Macías, quienes ante el inminente proceso de sucesión presidencial estaban convencidos de la gran necesidad de democratizar al partido y, en consecuencia, al sistema político.
“Nos mueve el reclamo de una sociedad que acusa signos de desesperanza, consternada por la creciente sangría que representa la gran carga de la deuda externa y sus efectos sobre los niveles de vida, acosada por la inflación, el desempleo, el libertinaje de precios, el deterioro del salario, la injusta remuneración de los esfuerzos de los trabajadores”, señalaban los documentos básicos de la corriente encabezada por Cárdenas.
Pero aún eran los tiempos en los que prevalecía en México la férrea disciplina del partido de Estado, por lo que la incipente insurrección en su seno terminaría con la salida masiva de los integrantes de la Corriente Democrática que se toparon con la inflexibilidad del régimen. Al paso del tiempo, este episodio sería recordado como una fractura que conduciría, con los años, al fin del viejo sistema.
Eran los tiempos en que se preparaba ya la sucesión presidencial que llevaría al poder a uno de los personajes más siniestros, desde la visión de la izquierda, y emblema nacional del neoliberalismo que campearía todavía un cuarto de siglo más.
1988: parteaguas político
Fuera del PRI, muy pronto la Corriente Democrática tomaría mayor fuerza. Se volvería cabeza de la emergencia social y política que se expresaría con fuerza en las elecciones de 1988. A la distancia, ese año se convertíría en un parteaguas político, económico y social.
El 14 de octubre de 1987, Cárdenas comenzaría su vida política desde la oposición. Amparado en el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana –un vetusto instituto que por años fue satélite del régimen–, se lanzó como candidato presidencial.
A partir de entonces se desataría una vertiginosa cadena de acontecimientos que llevaron a la adhesión de otros partidos, igualmente marginales hasta entonces (Partido Popular Socialista y Partido Socialista de los Trabajadores, que mutarían en Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional), y que al final fueron los cimientos de una nueva fuerza política: el Frente Democrático Nacional.
La campaña se Cárdenas se convertiría, muy pronto, en todo un fenómeno, expresión de la inconformidad contra el régimen de la desigualdad social. Una opción que, en su galopante crecimiento, terminó arrollando al Partido Mexicano Socialista, cuyo candidato, Heberto Castillo, declinó por Cárdenas. Un desafío inaceptable para el régimen al que sólo le quedó el fraude para contener el arrastre de Cárdenas.
El 6 de julio de 1988 se registró el robo más escandaloso de la historia electoral reciente del país, con la famosa “caída del sistema”, lo cual desató airadas protestas. El 16 de julio, Cárdenas encabezó la exigencia de la restauración de la legalidad y emplazó a un infructuoso diálogo con los representantes del régimen. “Sabíamos que el gobierno, aunque plenamente consciente del fraude que estaba cometiendo, estaba igualmente decidido a llevarlo hasta sus últimas consencuencias” e imponer a Carlos Salinas, narra Cárdenas en sus memorias.
El camino de la paz
Congruente con su visión de conducir la lucha política por la vía pacífica, optó por encabezar la fundación del Partido de la Revolución Democrática a fin de encauzar la inconformidad política y social: “queremos que nuestra organización sea instrumento de la sociedad y no solamente de sus dirigentes (…) recuperaremos los ideales históricos de la Revolución Mexicana y la legitimidad de su Constitución”.
Vendrían tiempos aciagos para la izquierda bajo el salinato, empeñado en aplastar la alternativa de izquierda al tiempo que imponía sus grandes reformas neoliberales. El saldo es incierto, pero algunos especialistas cifran entre 300 y 500 los militantes perredistas asesinados en el sexenio salinista y 697 hasta 2006.
En 1994, Cárdenas se postularía nuevamente para la Presidencia, pero se estrelló nuevamente con el régimen que, ya en decadencia y luego del asesinato de Luis Donaldo Colosio, apeló a las viejas prácticas fraudulentas y a una millonaria campaña para aferrarse al poder. “Acabamos de pasar por una elección que fue todo menos una elección. Fue un montaje y una gran operación de Estado” que llevó a la presidencia a Ernesto Zedillo.
Primer jefe capitalino
Tres años después de este nuevo desenlace, el destino le depararía el más grande triunfo de su trayectoria política: la victoria en la primera elección de jefe de Gobierno de la Ciudad de México. Su gestión pondría los cimientos de una nueva visión de la ciudad con énfasis en la gente, en sus derechos y sus anhelos. “La Ciudad de México será, por la dedicación y voluntad de todos nosotros, la ciudad de todos y para todos”.
Su gobierno en la capital sería la plataforma para su tercer y último e infructuoso intento por alcanzar la Presidencia en 2000, cuando se enfrentó con la efímera popularidad del candidato de la derecha, Vicente Fox, cuyo estilo desfachatado arraigó en el electorado. Muy pronto, mediante el gatopardismo, la derrota del PRI derivó en el prianismo.
Sería su último esfuerzo como aspirante a un cargo político. Lo suficiente para un personaje clave en la transición democrática nacional y fundamental en la consolidación de una izquierda que en 2018 alcanzó el poder en México con Andrés Manuel López Obrador.
Ejemplo de congruencia en la vida pública y privada, Cárdenas siempre reivindicó e hizo suyo el gran legado de su padre: defender la soberanía energética nacional.
Por ello, fue un férreo defensor de Pemex ante los intentos neoliberales por privatizarlo en el sexenio de Enrique Peña Nieto: “resulta falaz y ofensiva la utilización que el gobierno está haciendo de la figura de Lázaro Cárdenas para justificar e impulsar ante el pueblo de México su antipatriótica y entreguista propuesta de reforma energética. La lucha principal de Lázaro Cárdenas fue por el rescate y pleno ejercicio de la soberanía de la nación y su desarrollo independiente. Ese fue el objetivo de fondo de la expropiación petrolera del 18 de marzo de 1938”, escribió entonces en las páginas de La Jornada.
Sus posturas en el plano internacional también reivindicaron su herencia paterna: “plena solidaridad con el pueblo de Cuba, un pueblo generoso y de paz, unido al nuestro por profundos lazos históricos y por un compromiso común con las mejores causas de la humanidad, debe expresarse una firme condena a las medidas de coerción unilaterales que el gobierno de Estados Unidos ha adoptado contra esa nación hermana”.
Su última aparición pública fue el pasado 18 de marzo en Veracruz, donde se le designó presidente honorario de la Comisión Consultiva de Pemex.
La vida de Cuauhtémoc Cárdenas fue pródiga y generosa. Serio pero no solemne, discreto pero no esquivo, él rubrica desde ayer una leyenda por méritos propios.
Con información de La Jornada





