El ejercicio de la literatura provoca que el lector se adentre en zonas tradicionalmente ocultas a los ojos de la colectividad. Los novelistas, los poetas, los cronistas hacen suyo el ejercicio de la palabra y se apropian de mundos que por lo regular están ocultos y diríamos que hasta ignorados por la vorágine cotidiana. Su concurrencia diaria tiene como consecuencia, digámoslo así, como una virtud añadida, el mejor uso de la palabra que tanta falta hace.
Ayer murió uno de los más grandes novelistas contemporáneos. Nacido en 1928, Carlos Fuentes hizo suyo el oficio de novelista desde muy temprana edad. La Región más Transparente, La Muerte de Artemio Cruz, Aura o Terra Nostra, -por citar unos cuantos títulos de su vastísima obra-, ayudaron a comprender al México contemporáneo. Amigo de Octavio Paz en su momento, de otros grandes escritores mexicanos como Sergio Pitol, Carlos Monsiváis, o de aquellos que en su momento integraron el llamado Boom latinoamericano como Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, o Mario Vargas Llosa, su capacidad de trabajo y su lucidez fueron el rasgo distintivo de su labor.
El escritor deja, como ya se dijo, una vasta obra que integra novela, cuento, crónica y ensayo. Su curiosidad no tuvo límites a la hora de revisar nuestra historia y su cultura, amplísima y cosmopolita, lo llevó a alternar con los grandes escritores de este siglo.
Carlos Fuentes siempre estuvo en la lista de posibles candidatos al Novel. El que no lo haya obtenido no desdora en nada su trabajo como escritor. Era uno de esos mexicanos universales de cuya lectura siempre se salía con ganancias cognoscitivas y con enseñanzas conceptuales. En un México regido por la banalidad cultural que imponen los medios de comunicación, la enorme figura de Carlos Fuentes es y fue como un oasis en medio del desierto. La mejor manera de decirle Descanse en Paz es leyendo su indispensable obra.