Por Noemí Avilés.-
Ante la polarización de comentarios y notas sobre la protesta de Enrique Peña, la figura no es fondo. El primero de diciembre las notas viraron de direcciones en dos polos principalmente: la defensa de la legitimización de EPN, y la denuncia de la violencia contra los protestantes.
Es claro que la manifestación es un derecho que se tienen por ley, nadie lo pone en cuestión. Sin embargo, habría que plantearse si en efecto todos y cada uno de los protestantes arremetieron contra policías y merecían ser aprendidos como sucedió.
Se dice que hubo infiltrados. También se niega. Lo cierto es que la provocación y los destrozos han surtido su efecto en la figura aparente que justifica el legítimo uso de la violencia por el estado. Camiones llenos de manifestantes, pero también de gente que camino a su trabajo hozó preguntar al policía la razón por la que subían a esos jóvenes con pancartas.
Esa es otra parte de la realidad que nos presenta una estrategia del uso de la violencia de menor impacto real. Sí, los camiones desalojaron a los manifestantes revueltos entre pacíficos e impulsivos. Interesante hubiera sido el desalojo de los violentos, pero al subir a un pobre hombre de trabajo que pregunto por las razones de tal atropello contra manifestantes pacíficos, no queda duda, para el resto de los mortales, de que la estrategia es represora. De ahí que para los ciudadanos que gozan de una cabal conciencia política desde fuera, el primer paso de EPN haya sido con el izquierdo.
El arribo de Peña Nieto no pasó desapercibido. Antes bien, la imagen que se comienza a figurar es de repudio y las manifestaciones serán constantes. Por lo que será poco lo que se pueda esperar en materia de seguridad en la capital del país. Esperamos que el equipo de EPN pueda enviar un mensaje diferente del de Vallejo Figueroa en la entidad, más diálogo y menos represión.