Al admitir que es un problema continental, que amenaza la seguridad y buena convivencia no sólo de los tres países de América del Norte, Estados Unidos, México y Canadá, se adelanta un paso importante en el reconocimiento de una realidad apremiante: el narcotráfico amenaza la razón de ser de los Estados.
Barack Obama, Stephen Harper y Felipe Calderón Hinojosa, y la reciente cumbre celebrada en Los Estados Unidos, admitieron que estos grupos delincuenciales son no sólo un riesgo de seguridad sino de buena convivencia para todo el continente. Pero, ¿Qué hacer más allá de ésta declaratoria, de estas buenas intensiones?
Barack Obama termina su gobierno y va en busca de la reelección; Calderón Hinojosa tiene los días contados para su administración y la permanencia de su partido al frente del gobierno federal es todavía una moneda al aire. El único que podría tener solvencia a largo plazo es el ministro canadiense. Una primera lectura de esta declaratoria conjunta tendría como colofón inevitable que llega muy a destiempo.
El presidente norteamericano, en rueda de prensa en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca, afirmó que su nación no ha escatimado en ayuda a México para combatir a los cárteles de la droga, y que incluso se ha reforzado la frontera. La realidad es otra: los varones de la droga violan constantemente las fronteras norteamericanas para ingresar su mortal cargamento.No hay que ser ingenuos, el principal mercado de la droga sigue siendo los Estados Unidos.
El otro asunto que es digno de tener en cuenta es la facilidad con que los cárteles mexicanos se hacen de armamento sofisticado, muchas veces sustraído al ejército norteamericano. Ello implica una capacidad de fuego necesariamente mortal que apuntala y empodera a estos grupos delictivos. ¿Cómo es que sucede esto? Es evidente que hay ahí una preocupante y creciente factura por pulir.
Por otro lado la preocupación del presidente Calderón Hinojosa, por la vulnerabilidad de la frontera para el ingreso de armamento, nos parece fuera de tiempo. Hablar veladamente de una falla en tono crítico cuando está a fin de terminar su mandato parece una salida elegante que nada tiene de efectiva.
Urge una redefinición en materia de relaciones trilaterales, oportunas, iniciáticas para enfrentar el enorme reto en que se ha convertido el crimen organizado para la seguridad nacional del continente. Y en esta tarea la responsabilidad es compartida.